COLLAGE
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- 24 feb
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Esta fue una actividad sumamente divertida para mí, algo que afronté con
auténtica ilusión. Ya había trabajado el collage en mi libreta de campo, pero
trasladarlo al cuadro fue un paso más allá: no solo cambiaba el formato,
sino también el concepto.
La obra se convirtió en una mezcla de imaginería y fotografías que me
gustaban, sin prejuicios. Usé recortes de un libro de historia de Roma, lo
que dio lugar a múltiples figuras romanas que no me incomodaban en
absoluto, pues también quería explorar esa iconografía. En la parte posterior
incluí la figura de un vaquero que, casi por accidente, terminó cerrando
la composición con una cierta apariencia de paisaje. También introduje
imágenes religiosas, y el contraste entre el rosa y el azul desaturado me
ayudó a establecer una atmósfera pacífica y coherente. Más que una fusión
de conceptos, mi objetivo era construir un ambiente con cohesión interna.
En un principio no tenía pensado llevar el collage al terreno digital, porque
ya en su forma física me encantaba. Sin embargo, al centrarme tanto en la
atmósfera, dejé algo suelto el concepto y el mensaje que quería transmitir.
Llevaba meses estudiando distintas religiones del mundo ;influida también
por una visita reciente a ARCO, y sentía la necesidad de volcar parte de esa
reflexión aquí.
COLLAGE II
El resultado fue una composición llena de símbolos cruzados. Incluí a un
gimnasta ucraniano junto a una figura femenina idealizada, casi una virgen,
a la que acabé vistiendo de militante. El atleta alza su mano para encontrarse
con un arma, mientras dos figuras religiosas —ambas representaciones
de Cristo— aparecen detrás en posición casi totémica. Una de ellas, más
pequeña, parece arder entre invenciones humanas como los dos coches
que añadí. La otra sobresale en el plano y transmite un mensaje escrito en
georgiano, que lanza una crítica directa a la estupidez de la escena
Elegí el georgiano no por una razón profunda, sino por afinidad estética y
cultural: Georgia me parece un país fascinante, en contacto con la vida
rural, con tradiciones muy diferentes a las nuestras. Además, llevaba tiempo
escuchando cánticos polifónicos georgianos, y sentía que algo de eso debía
filtrarse en la obra, aunque fuera solo a través de un texto
Quizás el mensaje no sea evidente, quizás haga falta descifrarlo o darle
muchas vueltas. Pero hay una reflexión que subyace en todo el trabajo:
antes, Dios (en cualquiera de sus formas) era el centro de la obra, era el
medio y el mensaje. Hoy, especialmente después de ver ciertas exposiciones
contemporáneas, siento que el arte ha dejado atrás esa mano divina para
volverse puramente terrenal, a veces vacío, incluso narcisista. Ya no se trata
de mirar al mundo, sino de mirarse a uno mismo. Y en ese espejo no siempre
hay algo que decir.
Esto es, claro, una reflexión íntima. No soy una persona religiosa, pero
observo. Me interesa cómo el hombre ha subido a la categoría de dios, o
cómo dios ha descendido a la categoría del hombre. En esta obra coloqué
a los personajes principales en primer plano, alzando como si fuera divino
algo que en realidad simboliza la destrucción. Y mientras tanto, Dios —
cualquiera que sea— queda al fondo, observando en silencio, como un
testigo incrédulo.
Hoy en día la guerra nos consume, igual que la sobreproducción de bienes,
la estética vacía o la nostalgia manufacturada. Todo parece brillar como un
diamante, pero es falso: se rompe. Nos creemos nuestras propias mentiras,
nos peleamos, estamos en constante conflicto. Esta obra no da respuestas,
pero sí me sirve para dejar constancia de esa inquietud.
Quizás esto suene extremista por mi parte, pero no lo siento así. Me he
criado en un entorno profundamente multicultural, he escuchado a todo
tipo de personas con ideas diversas, y pienso seguir haciéndolo. Siempre
he tenido el oído atento a los problemas sociales, y sé que esa sensibilidad
no va a cambiar.
Lo que me preocupa es algo que veo cada vez con más claridad. Da igual de
qué lugar del mundo hablemos: ha emergido una especie de individualismo
extremo que nos ciega. Como bien explica el actual Dalai Lama, muchos
de nuestros problemas surgen del “yo”. Nos hemos obsesionado con la
estructura del yo, lo hemos convertido en centro y fin, olvidando que ese yo
forma parte de un universo mucho más amplio y colectivo.
Me duele ver cómo millones de jóvenes mueren por decisiones tomadas en
despachos alejados de cualquier reproche. Las guerras no las comienzan
los pueblos; las comienzan los altos mandos. Las sufrimos todos, pero rara
vez las deciden quienes las combaten con el cuerpo y el alma.
Ojalá algún día podamos mirar de verdad con nuestros propios ojos lo que
estamos haciendo. No a través de pantallas, ni desde trincheras ideológicas,
ni envuelto en discursos vacíos. Ver, de verdad. Ver y entender. Soy consciente
de que tener una paz absoluta es algo imposible, pero tampoco siento que
se haya intentado globalmente.
COLLAGE III
A la hora de hacer el boceto acrílico, intenté enfocarme más en la atmósfera y
la simplificación de formas que en obtener un resultado realista. Los colores
habían cambiado completamente respecto al collage original; incluso
introduje un rosa en la atmósfera que funcionaba sorprendentemente bien.
Este paso intermedio me ayudó a comprender qué aspectos me interesaban
de verdad al escalar la obra, y qué elementos era mejor abandonar.
Cuando comencé el cuadro grande, trabajé directamente sobre una tela
blanca, haciendo el primer encaje con rotulador permanente. Mi intención
era dar luego una veladura con un tono marrón ocre, que le dio un toque
academicista al principio. Con las dos figuras principales ya destacadas y
bien asentadas, aunque sin entrar en detalle, comencé a rascar el fondo. Al
trabajar por veladuras sobre una base acrílica, la pintura se desprende con
facilidad, y aproveché esa cualidad para moldear la superficie según me lo
iba pidiendo la pieza.
Ya me había dado cuenta, en la fase intermedia, de que era inviable
mantener tantos detalles ,como los coches, así que algunas zonas quedaron
completamente modificadas o directamente suprimidas.
En la parte donde rasqué la forma totémica de Cristo, apliqué luego
una veladura en amarillo para conferirle un aire angelical. Crucé varios
elementos: el rosa que ya había introducido, algunos toques de rojo, y zonas
más agresivas, como el área donde originalmente estaban los coches y la
cruz pequeña.
Allí, al rascar con más fuerza usando un pincel duro, se generó un efecto
visual casi incendiario: una especie de fuego simbólico surgido del soporte
mismo.
En ese momento me vino a la mente el collage original, y sentí que era
necesario recuperar parte de esa esencia, sobre todo en los márgenes.
Retomé el azul desaturado que tanto me gustaba de la primera composición
y finalmente añadí las palabras en georgiano, como cierre simbólico y
espiritual de la pieza.
Como resultado, obtuve un cuadro bastante extraño de mirar. Las figuras
están rígidas, casi de forma incómoda, y creo que si hubiera usado una
paleta aún más desaturada, el resultado habría sido incluso más sombrío y
siniestro. Sin embargo, prefería dar mostrar algo más amable visualmente.






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