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COLLAGE

Esta fue una actividad sumamente divertida para mí, algo que afronté con

auténtica ilusión. Ya había trabajado el collage en mi libreta de campo, pero

trasladarlo al cuadro fue un paso más allá: no solo cambiaba el formato,

sino también el concepto.


La obra se convirtió en una mezcla de imaginería y fotografías que me

gustaban, sin prejuicios. Usé recortes de un libro de historia de Roma, lo

que dio lugar a múltiples figuras romanas que no me incomodaban en

absoluto, pues también quería explorar esa iconografía. En la parte posterior

incluí la figura de un vaquero que, casi por accidente, terminó cerrando

la composición con una cierta apariencia de paisaje. También introduje

imágenes religiosas, y el contraste entre el rosa y el azul desaturado me

ayudó a establecer una atmósfera pacífica y coherente. Más que una fusión

de conceptos, mi objetivo era construir un ambiente con cohesión interna.


En un principio no tenía pensado llevar el collage al terreno digital, porque

ya en su forma física me encantaba. Sin embargo, al centrarme tanto en la

atmósfera, dejé algo suelto el concepto y el mensaje que quería transmitir.

Llevaba meses estudiando distintas religiones del mundo ;influida también

por una visita reciente a ARCO, y sentía la necesidad de volcar parte de esa

reflexión aquí.


COLLAGE II


El resultado fue una composición llena de símbolos cruzados. Incluí a un

gimnasta ucraniano junto a una figura femenina idealizada, casi una virgen,

a la que acabé vistiendo de militante. El atleta alza su mano para encontrarse

con un arma, mientras dos figuras religiosas —ambas representaciones

de Cristo— aparecen detrás en posición casi totémica. Una de ellas, más

pequeña, parece arder entre invenciones humanas como los dos coches

que añadí. La otra sobresale en el plano y transmite un mensaje escrito en

georgiano, que lanza una crítica directa a la estupidez de la escena


Elegí el georgiano no por una razón profunda, sino por afinidad estética y

cultural: Georgia me parece un país fascinante, en contacto con la vida

rural, con tradiciones muy diferentes a las nuestras. Además, llevaba tiempo

escuchando cánticos polifónicos georgianos, y sentía que algo de eso debía

filtrarse en la obra, aunque fuera solo a través de un texto


Quizás el mensaje no sea evidente, quizás haga falta descifrarlo o darle

muchas vueltas. Pero hay una reflexión que subyace en todo el trabajo:

antes, Dios (en cualquiera de sus formas) era el centro de la obra, era el

medio y el mensaje. Hoy, especialmente después de ver ciertas exposiciones

contemporáneas, siento que el arte ha dejado atrás esa mano divina para

volverse puramente terrenal, a veces vacío, incluso narcisista. Ya no se trata

de mirar al mundo, sino de mirarse a uno mismo. Y en ese espejo no siempre

hay algo que decir.


Esto es, claro, una reflexión íntima. No soy una persona religiosa, pero

observo. Me interesa cómo el hombre ha subido a la categoría de dios, o

cómo dios ha descendido a la categoría del hombre. En esta obra coloqué

a los personajes principales en primer plano, alzando como si fuera divino

algo que en realidad simboliza la destrucción. Y mientras tanto, Dios —

cualquiera que sea— queda al fondo, observando en silencio, como un

testigo incrédulo.


Hoy en día la guerra nos consume, igual que la sobreproducción de bienes,

la estética vacía o la nostalgia manufacturada. Todo parece brillar como un

diamante, pero es falso: se rompe. Nos creemos nuestras propias mentiras,

nos peleamos, estamos en constante conflicto. Esta obra no da respuestas,

pero sí me sirve para dejar constancia de esa inquietud.


Quizás esto suene extremista por mi parte, pero no lo siento así. Me he

criado en un entorno profundamente multicultural, he escuchado a todo

tipo de personas con ideas diversas, y pienso seguir haciéndolo. Siempre

he tenido el oído atento a los problemas sociales, y sé que esa sensibilidad

no va a cambiar.


Lo que me preocupa es algo que veo cada vez con más claridad. Da igual de

qué lugar del mundo hablemos: ha emergido una especie de individualismo

extremo que nos ciega. Como bien explica el actual Dalai Lama, muchos

de nuestros problemas surgen del “yo”. Nos hemos obsesionado con la

estructura del yo, lo hemos convertido en centro y fin, olvidando que ese yo

forma parte de un universo mucho más amplio y colectivo.


Me duele ver cómo millones de jóvenes mueren por decisiones tomadas en

despachos alejados de cualquier reproche. Las guerras no las comienzan

los pueblos; las comienzan los altos mandos. Las sufrimos todos, pero rara

vez las deciden quienes las combaten con el cuerpo y el alma.


Ojalá algún día podamos mirar de verdad con nuestros propios ojos lo que

estamos haciendo. No a través de pantallas, ni desde trincheras ideológicas,

ni envuelto en discursos vacíos. Ver, de verdad. Ver y entender. Soy consciente

de que tener una paz absoluta es algo imposible, pero tampoco siento que

se haya intentado globalmente.


COLLAGE III


A la hora de hacer el boceto acrílico, intenté enfocarme más en la atmósfera y

la simplificación de formas que en obtener un resultado realista. Los colores

habían cambiado completamente respecto al collage original; incluso

introduje un rosa en la atmósfera que funcionaba sorprendentemente bien.

Este paso intermedio me ayudó a comprender qué aspectos me interesaban

de verdad al escalar la obra, y qué elementos era mejor abandonar.


Cuando comencé el cuadro grande, trabajé directamente sobre una tela

blanca, haciendo el primer encaje con rotulador permanente. Mi intención

era dar luego una veladura con un tono marrón ocre, que le dio un toque

academicista al principio. Con las dos figuras principales ya destacadas y

bien asentadas, aunque sin entrar en detalle, comencé a rascar el fondo. Al

trabajar por veladuras sobre una base acrílica, la pintura se desprende con

facilidad, y aproveché esa cualidad para moldear la superficie según me lo

iba pidiendo la pieza.


Ya me había dado cuenta, en la fase intermedia, de que era inviable

mantener tantos detalles ,como los coches, así que algunas zonas quedaron

completamente modificadas o directamente suprimidas.


En la parte donde rasqué la forma totémica de Cristo, apliqué luego

una veladura en amarillo para conferirle un aire angelical. Crucé varios

elementos: el rosa que ya había introducido, algunos toques de rojo, y zonas

más agresivas, como el área donde originalmente estaban los coches y la

cruz pequeña.


Allí, al rascar con más fuerza usando un pincel duro, se generó un efecto

visual casi incendiario: una especie de fuego simbólico surgido del soporte

mismo.


En ese momento me vino a la mente el collage original, y sentí que era

necesario recuperar parte de esa esencia, sobre todo en los márgenes.

Retomé el azul desaturado que tanto me gustaba de la primera composición

y finalmente añadí las palabras en georgiano, como cierre simbólico y

espiritual de la pieza.


Como resultado, obtuve un cuadro bastante extraño de mirar. Las figuras

están rígidas, casi de forma incómoda, y creo que si hubiera usado una

paleta aún más desaturada, el resultado habría sido incluso más sombrío y

siniestro. Sin embargo, prefería dar mostrar algo más amable visualmente.

 
 
 

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